domingo, agosto 02, 2009

Días de independiencia


Hace poco escuché que alguien, refiriéndose a mí, decía que yo era una persona muy independiente. En paralelo a la conversación, mi mirada se perdió en una ventana pensando que esa era una de las más grandes falacias que había podido escuchar. En mi caso, la independencia (que es innegable de facto) no es una elección, sino la respuesta a un espíritu ávido de hacer muchas cosas que casi nunca encontró quórum. Y bueno, esa fue la única salida que me quedó desde muy pequeña.

En mi familia soy la oveja negra. Única mujer de una tribu de hombres, la primogénita de una casta machista, comunicadora en un mundo de ingenieros (y de la UNI), y por si fuera poco poseedora de un carácter rebede y respondón que casi siempre caía en lo malgeniado. Acostumbrada a un escenario de enfrentamiento constante, mi performance opacaba cualquier rezago de dulzura para los progenitores y dejaba casi nulos espacios para pasarla juntos en paz.

Conforme fui creciendo era evidente que me interesaban muchas actividades, pero no todos mis amig@s (ni siquiera algún@s) coincidían con más de dos o tres de ellas. Así me encontré con que mantenía amigos fragmentados, unos para los museos, otros para el cine / teatro, otros para las juergas, otros para los deportes, otros para los viajes / paseos y así sucesivamente.

Entonces, es natural que activara determinados chips cuando estaba en determinados grupos ( y desactivando otros, por cierto). En el fondo, me desesperaba la situación. No podía entender cómo se formaban grupos alrededor y yo era un “itinerante” (léase desadaptada) que era parte de todos y no era parte de ninguno.

El problema es que no suelo ser de las que se quedan con las ganas. No es que me sienta feliz de sentarme sola en un bar, es que no encontré quién tuviera tantas ganas como yo de tomar un pisco sour. No es que disfrute del cine sola, sino que nadie quiso invertir su tiempo en la película que me interesaba ver. No es que me seduzca la paz de la playa un día de semana, sino que a muchas de mis mejores amigas no les gusta la playa.

Tampoco hay que olvidar que los susodich@s también contaban con una vida y obligaciones, familiares, académicas, románticas con quienes (seguro más suertudos que yo) tenían más cosas en común para compartir.

Por ello, varias veces he terminado en situaciones con las que no me siento del todo cómoda, porque hubiera preferido mil veces ir acompañada, que ante los ojos del mundo quedan para unas como “seguridad en sí misma” y para otras “imprudencia” o cosas peores. Y, aunque es cierto que mejor sola que mal acompañada, a veces no se puede distinguir entre introspección y vacío.

No tengo una idea clara de cuál sería el adjetivo perfecto. Digamos que para mí tan solo se convertía en la única opción.

1 comentario:

_Dr_G_ dijo...

Así es la vida, a veces compartida a veces simplemente vida. Yo también tengo películas sin ver.

Más que mil palabras